Viernes, poco antes de las nueve. Entra una pareja preguntando por el menú de 12,90 € que han visto en la carta. Ese menú fue el del verano pasado. Lo explicas con toda la educación del mundo, ellos se quedan cortados y la cena empieza con esa cara. Al día siguiente buscas el nombre del restaurante en el móvil y ahí está, un par de resultados por debajo de tu web: carta-def-2.pdf, colgado en tu propio dominio desde hace dos veranos.
Nadie lo subió para engañar a nadie. Se colgó el día que llegó el archivo maquetado, se enlazó desde el botón «Carta» y se imprimió el QR de las mesas apuntando ahí. Funcionó una temporada entera. Nadie ha vuelto a abrirlo desde entonces.
Un PDF es una página más para Google
Para un buscador, ese archivo no es un adjunto. Es una página con tu nombre, tus platos y tus precios, que lleva dos años en la misma dirección sin moverse. Y tiene enlaces: la publicación de Facebook del día que cambiaste la carta, el grupo del pueblo donde alguien lo reenvió, el blog de la Axarquía que puso el enlace directo. Un documento quieto y enlazado es justo lo que un buscador sigue enseñando.
Tu página de la carta, si la tienes, muchas veces compite en peores condiciones. Son fotos de la pizarra, o una galería de imágenes bonitas, sin un solo plato escrito en texto. El buscador lee mejor el PDF que tu web, así que enseña el PDF.
Lo que lee quien lo abre
Quien abre ese archivo un jueves a las siete y media no es un curioso. Es alguien que está a un paso de coger el coche, de llamar o de plantarse en la puerta. Y lee la temporada pasada: el menú a 12,90 €, el plato que quitaste cuando cambiaste de proveedor, «horario de verano, de martes a domingo», el teléfono anterior al que ahora suena en la barra. Nada de eso es hoy, pero se lee como si lo fuera, porque está en tu dominio y lleva tu nombre.
La lista de alérgenos es la parte que no admite bromas. Si cambiaste el pan, las salsas o el proveedor de congelados, ese archivo dice cosas que ya no son verdad sobre lo que sale de tu cocina.
Después está la mesa. Llega gente con un precio en la cabeza que ya no existe, y esa conversación la tienes tú al dar la cuenta. O no llega, porque en la carta de hace dos años no estaba el arroz que ahora haces los jueves, y de esa no te enteras nunca.
Cómo se queda un archivo trabajando por su cuenta
Casi siempre es la misma historia. Alguien maquetó la carta en 2023, la mandó en PDF y se subió tal cual. Cuando subieron los precios, el original estaba en un programa que no tiene nadie del local, o en el ordenador de quien ya no lleva la web. Así que se hizo otro PDF con otro nombre, se cambió el botón y el viejo se quedó en la carpeta.
Desde tu web ya no se llega a él. Desde el buscador, desde un enlace reenviado y desde el QR de la mesa cuatro, que nadie ha vuelto a imprimir, se llega perfectamente. En un hotel pequeño el archivo suele ser el folleto con los horarios de la piscina y del desayuno; en un bar, la lista de tapas con los precios de antes.
La carta de hoy va en una página tuya
El arreglo no es rediseñar la web ni hacer fotos nuevas de los platos. Es tener la carta escrita en una página de tu dominio, en texto normal, con sus precios y sus alérgenos, y que la pueda cambiar desde el móvil quien levanta la persiana. El día que sube el pescado se toca esa página y se acabó: quien la busque, en Google o en la mesa, lee lo de hoy.
Esa página tiene una sola dirección, y es la que va en el QR, en el enlace del menú de tu ficha de Google y en la biografía de Instagram. Una dirección para la carta, no tres archivos con fechas distintas.
Con el PDF viejo hay que hacer algo, porque dejar de enlazarlo no lo retira de ningún sitio. Hay dos maneras y las dos son de diez minutos para quien lleve la web: o esa dirección pasa a llevar a la página de la carta, o el archivo de hoy sustituye al antiguo conservando el nombre.
La prueba, con un móvil que no sea el tuyo
Son diez minutos, y mejor con el móvil de quien está en la barra que con el tuyo, que tiene la web guardada. Busca el nombre del negocio, y búscalo también junto a la palabra carta. Si aparece un archivo, ábrelo y mira dos cosas: el precio del menú y la lista de alérgenos.
Luego escanea el QR de una mesa y mira adónde va. Y entra en tu ficha de Google y pulsa el enlace del menú. Si esas tres cosas no llevan al mismo sitio, ya sabes por dónde se empieza.
Quien está leyendo la carta ya te ha elegido a medias
La persona que mira tu carta un jueves por la noche solo necesita ver que el precio le cuadra y que hay algo que le apetece. Después busca cómo pedir mesa. Si lo que ha leído es de 2023, decide con datos viejos y tú no te enteras. Y si está al día pero no encuentra dónde reservar, vuelve al mapa, que tiene otros tres nombres a la misma distancia.
Presencia (3.450 €) pone la carta de hoy en tu dominio y deja la web, el QR y la ficha diciendo lo mismo. Reservas (5.450 €) añade lo que viene después: la mesa que se pide en tu propia página, no solo por teléfono. Operador (7.950 €) es el tamaño de arriba, cuando ya hay un flujo de mensajes en varios idiomas que contestar. Care (149 €/mes) es quien cambia el precio del menú en octubre y retira el archivo que sobra; va dentro del trabajo, no es un extra que se quita para ahorrar.
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Preguntas frecuentes
¿No es más cómodo tener la carta en PDF?
Para imprimirla, sí. Para leerla en un móvil, no: pesa, hay que ampliarla con los dedos y no la puede cambiar quien está en la barra. Si quieres seguir teniendo un PDF para imprimir, tenlo, pero que la dirección que encuentra la gente sea la página.
¿Puedo borrar el PDF viejo y ya está?
Si lo borras sin más, quien venga de un enlace reenviado o de un QR antiguo se encuentra un error. Mejor una de dos: que esa misma dirección lleve a la página de la carta, o que el archivo de hoy sustituya al viejo sin cambiarle el nombre.
¿Y si no tengo a nadie que me toque la web?
Entonces el mínimo honesto es un solo PDF, siempre en la misma dirección, con la fecha escrita en la primera línea, y una persona a la que le toque cambiarlo cuando cambian los precios. Es peor que una página, pero al menos hay una sola versión.
